Otra Última Vez

“…46, 47, 48…”.

Bernardo sabía exactamente que Santiago se había escondido por enésima vez en su clóset, pero ver esa sonrisa encenderse en el rostro de su hijo cada que lo encontraba era algo que lo llenaba de felicidad. “…49, ¡50!”, terminó de contar. “¡Listos o no, aquí voy!”

Bernardo fingió al empezar a buscar a Santiago. Buscó por la cocina, por el comedor, la sala, los baños…

“Hmm, me pregunto dónde podrá estar”, decía en voz alta, y a lo lejos podía escuchar las risotadas de Santiago provenientes desde su recámara. Después de algunos minutos, decidió ir por fin hacia donde estaba. Lentamente entró al cuarto, procurando no hacer ruido. Tomó el pomo de la puerta del clóset de Santiago para abrirla fuertemente.

“¡Aquí está!”, gritó. El sobresalto de Santiago fue enorme, sin embargo, simplemente se rió y abrazó a su papá.

“¡Otra vez me encontraste!”, dijo Santiago, entre risa y risa. “Pero ahora hay que encontrar a mamá”.

“Va, pero lo malo es que ella sí es buena para esconderse…”, contestó Bernardo, tomando a Santiago de la cintura, subiéndolo a sus hombros y saliendo de la recámara. “Cuidado con la cabeza”.

Era cierto: María era una experta en las escondidas. Las sesiones de juego podían durar una eternidad porque ella elegía sólo los mejores lugares para esconderse. Encontrarla de verdad se sentía como un éxito monumental.

“María, Santiago y Bernardo, al unísono, riéndose, rodando en el pasto, pasando un día extraordinario. Nada podía ser mejor…”

Así, el gentil gigante conformado por el niño sentado en los hombros de su padre, se dedicó a buscar a María. Buscaron por doquier: las recámaras, el estudio, la sala de juegos, el ático, el sótano. Incluso salieron al patio y subieron a la casa en el árbol que Santiago consideraba su cuartel secreto (“¡NO SE PERMITEN NIÑAS!”), pero no estaba en ninguno de esos lugares. A pesar de estar pasando un largo tiempo buscando, los dos estaban divirtiéndose mucho. Estando afuera, decidieron rendirse.

“¡Muy bien, tú ganas!”, gritó Bernardo.

“¡No te encontramos!”, añadió Santiago.

Al decir eso, los dos escucharon risas provenientes de arriba. Voltearon para todos lados, y finalmente Santiago descubrió dónde estaba su mamá.

“¿Cómo es que pudiste subir al techo?”, preguntó Bernardo, carcajeándose.

“¡Ya ni yo me acuerdo!”, dijo María.

Bernardo y Santiago ayudaron a María a bajar del techo, pero los 3 perdieron el equilibrio y terminaron cayéndose uno encima del otro.

Todo parecía como salido de una película. María, Santiago y Bernardo, al unísono, riéndose, rodando en el pasto, pasando un día extraordinario. Nada podía ser mejor…


“Y bien, ¿qué les pareció nuestro nuevo producto? Extremadamente realista, ¿no?”

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Ilustraciones por @timmgaze

Aquella voz, que irónicamente parecía ser chillona y gruesa al mismo tiempo, fue lo primero que Bernardo escuchó al quitarse el visor.

“Nada que ver con la realidad virtual de hace unos años, ¿verdad?”, continuó la voz. Alrededor de Bernardo, todos parecían maravillados con lo que habían visto en la simulación. De repente, del otro lado de la enorme habitación, se escuchó otra voz, con más autoridad que la primera.

“Como habíamos comentado al inicio de la prueba, esta nueva actualización toma sus recuerdos más felices y los proyecta frente a sus ojos como si los estuvieran viviendo por primera vez”. Quizá para todas las personas involucradas en la prueba ese concepto era algo estupendo. No para Bernardo…

“La única diferencia, como podrán haberse dado cuenta”, continuó la voz más autoritaria, “es que con este nuevo visor de realidad virtual, pueden interactuar con dicho recuerdo. Si no les gustó alguna cosa que hayan hecho en ese entonces, simplemente lo pueden cambiar”. Bernardo trató de dejar su recuerdo intacto, pero sí hizo un cambio minúsculo que, desde su punto de vista, significaba una enorme diferencia: cuando Santiago le pidió jugar a las escondidas una quinta vez, ahora dijo que sí. Claro que sí, las veces que quieras, hijo.

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Ilustraciones por @timmgaze
“Bernardo, por el otro lado, no quería para nada que el micrófono llegara hasta él. Y sin embargo, llegó”.

“Como una última dinámica”, Bernardo por fin pudo ver de dónde provenía la voz: un hombre de camisa oscura, mucho más joven que él, estaba ahora en el centro del cuarto, “queremos acercarnos a ustedes para que nos comenten qué fue lo que vieron. ¿Cuál fue el recuerdo que el producto les hizo ver?”.

Una chica de vestido oscuro comenzó a acercarse a los participantes con un micrófono, los cuales empezaron a contar sus experiencias. Un hombre contó sobre su cumpleaños 35, en el que todos sus familiares y amigos estaban reunidos. Una mujer habló sobre el día de su boda en Miami. Diferentes historias que la gente contaba con una enorme sonrisa en su rostro. Bernardo, por el otro lado, no quería para nada que el micrófono llegara hasta él. Y sin embargo, llegó.

“Y usted, buen hombre”, dijo el hombre de la camisa oscura, “díganos, ¿qué recuerdo fue el que pudo ver?”

Bernardo se quedó callado unos segundos. Volteó a ver alrededor de la habitación, donde todas las miradas estaban puestas en él. Agachó la cabeza durante unos momentos, pensando en lo que acababa de sentir hace unos cuantos minutos: esa felicidad que nunca regresaría, esos momentos que se esfumaron de repente, esos recuerdos que se quedaría como sólo “recuerdos”, la risa de María, la sonrisa de Santiago…

Después de todo ese tiempo que la gente en la habitación esperó por su respuesta, Bernardo empezó a reflexionar: ¿Por qué dar explicaciones a personas que no conozco? Así como Santiago y María dejaron de existir nuevamente en el momento en que Bernardo se quitó el visor, estas personas dejarían de existir una vez que saliera del cuarto. Levantó la mirada y se acercó al micrófono.

“Pude ver gente que ya no está conmigo. Aún me duele recordarlas, pero me alegra haberlo hecho”.

Con una sonrisa, se levantó de su silla y salió de la habitación, dejando todo, TODO, atrás.

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Ilustraciones por @timmgaze

 

Escrito por @Ordorica96.